312 horas sin internet

sin internet

En foto: Ilustración por MaJoLoTe

Mientras redacto esto he cumplido 312 horas sin servicio de internet. Lo he sufrido tanto como esos sesenta y cuatro minutos en que decidí dejar de fumar para siempre, o bien, como viajar en transporte público en temporada de lluvias. En fin, me angustia inmensamente.

Sólo leo y escribo. No tengo televisión. De vez en cuando me fastidio, hago una pausa, y llamo a mi proveedor de internet esperando que finalmente solucione mi problema. Quiero contagiarle mi frustración al pobre empleado que tome la llamada. Lo he estado haciendo todos los días. Ahora, en lugar de patear puertas o arremeter contra los muebles para dar salida a mi enfado, llamo exigiendo que me devuelvan el servicio de internet. Y enloquezco.

Escribe Suetonio que Augusto, Cayo Julio Cesar Augusto, mucho tiempo después de la Batalla de Teutoburgo, todavía gritaba desquiciado: “Quintilio Varo, devuélveme mis legiones”; es más dramático en latín: “Quintili Vare, legiones redde”. Ahora comprendo al infeliz, pues el empleado que tomó mi llamada esta tarde debió acojonarse cuando exclamé trastornado: “¡Varo, devuélveme mi internet!”.

Ahora imagino que yo debo ser el chiste local a la hora de la comida. Supongo que se reúnen los empleados alrededor del horno de microondas, sacando tupperware de las bolsas de plástico, mientras intercambian casos de clientes: quizá anécdotas cómicas o momentos frustrantes. Sin saber que yo parodiaba al desconsolado Augusto, los ejecutivos telefónicos —rimbombante título para sustituir la humildad del telefonista— estarán riéndose del loco que sufre la pérdida del internet como se padece la partida del ser amado:

En algún callcenter suena alguna de las decenas de líneas. Un joven observa el identificador de llamadas y deja escapar un suspiro desganado mientras sus ojos ruedan por sus cuencas hasta enfocar el techo.

“—Es el loco del internet otra vez, ¿quién quiere atenderlo?

“—Yo no —dice una voz  al fondo—, le toca a Gómez.

“—A ver… pásamelo —dice una joven que juega con un collar de bisutería—. Vamos a ver qué idiotez dice ahora”.

Me contesta una dulce voz femenina. Agradece el haberme comunicado al centro de atención a clientes, me dice su nombre y pregunta en qué puede ayudarme. Le planteo la historia que repito todos los días en varias ocasiones.

—Señor, ya le hemos comentado que es necesario que espere al técnico…

Así continúa un rato, con la misma historia que me dicen todos los días en varias ocasiones. Esta vez la interrumpo.

—Señorita, imagine que tiene un amigo que se ha ido de viaje y de pronto se entera de una circunstancia de vida o muerte, y la única manera de prevenir a su amigo es enviándole un mail. Sólo necesita decirle algo simple como “No comas las flores del loto. Por cierto, tus amigos son unos cerdos”. Y listo.

Se hace un confuso silencio y a los pocos segundos estallan las risas del otro lado de la línea. Un sonido intermitente me indica que se terminó la comunicación.

Por supuesto que Odiseo no requería de internet para sortear las trampas de sus enemigos, pero su vida habría resultado más sencilla. Fácilmente pudo pasar algunas horas viendo documentales sobre la isla de Calipso o tutoriales sobre cómo combatir a un lestrigón. Sus amigos no habrían sido convertidos en cerdos si hubiese visto alguna reseña de Circe en internet. Nadie necesita un video que nos aconseje cómo retirar la yema de un huevo, en cambio es invaluable la utilidad de un video que nos enseñe a taparnos los oídos con cera para no escuchar el canto de las sirenas. ¿Cuántas veces uno viaja sobre el Egeo y googlea “furia de Poseidón”?, sólo para ir preparado.

En cualquier momento regresará el internet, me digo con fe. Despierto a las tres de la mañana y reviso las luces del módem. Se me va la esperanza. De cualquier manera no tengo una Penélope que me esté esperando en algún punto de la red. Mi verdadera Penélope sí tiene internet en casa: juega Candy Crush Saga mientras escucha algo en Spotify en lugar de andar tejiendo y destejiendo chambritas. “Cásate conmigo, Penélope”, imagino que le dice alguno que ha notado mi ausencia. “Claro —responde ella—, sólo termino de ver esta temporada de How to get away with murder”.

Ocasionalmente me cuelo en las redes sociales desde mi teléfono, sólo para leer las noticias, saber el resultado del partido, o enterarme qué planes tiene Poseidón para mí. Después apago el aparato y regreso a la larga espera. Quizá soy yo la verdadera Penélope y la internet es mi Odiseo. Se ha ido, no sé nada de él, sin embargo espero con cierta resignación. Me tientan otros proveedores de internet; pero no tienen fibra óptica, o no ofrecen megas simétricos… en fin. Me prendo a la idea de que mi internet busca heroicamente el camino a casa. Sé que algo le ha ocurrido, pero sé que es fiel y no ha escapado con otro internauta.

Ahora, si mi internet se va a tardar dos décadas en volver, como Odiseo, francamente que se vaya al carajo. Que no estoy ni tan joven ni tan bello como para andar perdiendo el tiempo en amores a distancia.

Sin internet la cordura se resquebraja después de un rato. Supongo que es como escuchar sirenas en altamar. La cosa está tan mal que planeo plantarme en una calle con abundante tráfico, como los pordioseros, con una pieza de cartón que diga “escribo novelas a cambio de megas”. O, mucho peor, que me pare con ropa ajustada en una esquina conocida por albergar a las sexoservidoras:

—¿A cuánto, papito? —me preguntará alguien con la ventanilla a medias desde el interior de su coche.

—20 megas la hora —diré sin pudor inclinándome sugestivamente—, y hago de todo. Sin filtro parental.

Dios me perdone.

Ahora escribo a mano sobre papel porque estar frente a la computadora me parte el corazón. Me recuerda que ahí estaba la internet. Y a veces, sólo a veces, me emborracho y escucho canciones de despecho. Lo juro. Y canto: “Maldita internet, ojalá que te mueras” o “mejor ya nunca vuelvas”. Después me quedo dormido o acabo llorando en posición fetal en el suelo del baño.

Quisiera revisar mi correo, ver que me gané nuevamente ese millón de dólares que regala Bill Gates o, al menos, saber si en mi bandeja de correo no deseado todavía hay ofertas de Viagra y “chicas calientes” en mi zona que quieren conocerme. Después de pasar tantos días sin internet todo, todo eso, se comienza a extrañar.

Bien. Pues no me queda más que destapar la siguiente cerveza y seguir confeccionando mi traje de emperador romano caído en desgracia. Ya quiero ver la cara que ponen mañana los empleados de la sucursal de mi proveedor cuando me vean irrumpir a patadas gritando “¡Varo, devuélveme mi internet!”, mientras golpeo mi cabeza contra las paredes. Cuando menos espero enloquecer a las redes sociales cuando se vuelva viral el video en que soy esposado y echado al suelo por la policía. Espero que así se pueda resolver mi profundo problema.

-Fabio Marco Iván

El reino de los diminutos

Premio Nobel (cara)

Cuando el teléfono suena durante la madrugada es cosa de alarma. La última vez que la pantalla del aparato celular parpadeó durante las primeras horas de un sábado fue para informarme que mi abuelo había fallecido. Salvo los enamorados ebrios, nadie tiene razones para llamar a otra persona durante las horas de sueño; a menos, claro, que se trate de una emergencia.

Hace unos días ojeaba el botín obtenido de una Feria Internacional del Libro cuando mi teléfono móvil comenzó a vibrar. Por supuesto que mi corazón se golpeó contra las costillas cuando imaginé que se trataba de una desgracia.

—Tengo un problema enorme —dijo la mujer de mi vida desde el otro lado de la línea.

—¿Qué ocurre? —alcancé a preguntar mientras mi cerebro proyectaba toda clase de funestas respuestas.

—Es horrible y necesito pasar la noche en tu casa.

—Dios mío, ¿qué pasó?

—Una rata…

—Una… ¿Qué?

—Sí, una rata… se metió una rata gigante a mi casa.

Así fue que la mujer llegó a las tres de la mañana a mi departamento, acompañada de una bolsa de mano y un perro mediano. Al día siguiente, a primera hora, ella llamaría al exterminador. Por lo pronto no podía pasar la noche ahí mientras, debajo de un librero, una rata buscaba refugio de las lluvias recientes. La casa había sido tomada.

*

El reinado de la rata no duró demasiado. Ese roedor maligno y atemorizante, capaz de expulsar a una mujer de su hogar, no resultó ser más grande que un zapato de bebé. Sentí pena cuando la bota de uno de los exterminadores concluyó la horrible experiencia del  animalillo asustado bajo el librero. El sonido de un cráneo diminuto que se quiebra es muy parecido a destrozar una fritura salada entre los dedos. Pero hizo eco, un eco que todavía siento en el pecho.

*

Dos días antes se había anunciado al ganador del Premio Nobel de Literatura. En internet la pregunta más frecuente fue: “¿Pero quién es Patrick Modiano?”. Ciertamente yo jamás lo había oído nombrar. Inmediatamente me fui sobre las notas más destacadas sobre el tema y pasé un par de horas leyendo.

Escuché gente que declaraba, indignada, que el Premio Nobel debería representar en realidad el verdadero y más justo galardón en las letras, y no posiciones políticas o estrategias de difusión. Claro, yo soy de los que dudan de la justificada repartición de muchos premios. Quizá no lo digo por una postura negativa sino por mera ignorancia.

De pronto me topé con las notas de Daniel Espartaco Sánchez sobre este tema: “¿por qué debe de importarme lo que unos suecos elitistas dicen en materia de literatura. El premio me parece más bien la imposición de una minoría”.

Supongo que pasar la vida quejándose año con año de quién gana o quién pierde un premio puede ser, quizá, un tanto frívolo.

Muchos de los premios más populares son casas tomadas por minorías, por protagonistas diminutos capaces de hacer su voluntad, así estén confinados a una sombra o bajo un librero.

Quizá el Premio Nobel de Literatura no sea más que un concurso de popularidad —según predican los más apáticos—, pero lo cierto es que todos esos escritores que se han roto la cabeza para crear una obra que en verdad ha marcado la literatura (que es ajena a los reconocimientos) han propagado el eco de su cráneo destrozado. ¿Quién soy yo para juzgar quién merece un galardón? Las medallas sobran, cuando lo que uno ha encontrado en el escritor ha cumplido un propósito.

El reino de los diminutos eventualmente podría llegar a término. No lo sé. Mientras se cumple ese sueño de recuperar la casa tomada, es suficiente saber que nuestro albergue está en la obra del escritor y no en la aprobación de alguna minoría. Porque la verdadera literatura no necesita permiso de ninguna autoridad para anidar o refugiarse en ninguna parte.

 

-Fabio Marco Iván

Yo robaba libros

books

Para Joel Aguirre A., lector incansable.

Mi madre me decía que ya apagara la luz y me fuera a dormir. Pero estaba tan enfebrecido con  Mark Twain que encendía una vela y continuaba leyendo. Aún conservo el tomo con las hojas marcadas por gotas de cera. Fueron noches largas que alumbraron toda mi infancia.

Con las mudanzas uno aprende que uno debe empacar los libros en cajas pequeñas. No sólo por consideración a esos hombres que deben cargarlas escaleras arriba o escaleras abajo, sino porque tienden a maltratarse. En mi experiencia he lastimado un par de tomos inconseguibles e invaluables, dos o tres primeras ediciones ahora incosteables, y tres o cuatro ejemplares firmados por autores de renombre.

Si yo hubiese pagado por cada libro que tengo, mi estado financiero tendría cuatro o cinco ceros negativos y en rojo sangre. La verdad es que la mayor parte de mi biblioteca ha crecido por herencia y por hurto. Sí, francamente he robado muchos de los libros que tengo.

Uno ya no puede salir de la librería impunemente. Ahora todo tiene un scanner, un dispositivo de seguridad o una cámara de vigilancia.

Hace algunos años uno sólo requería una chamarra amplia o una larga gabardina, un rostro impasible y una distracción de los empleados de las librerías. Eso era todo. Por supuesto que uno no podía llevarse la obra cumbre de Robert Musil o de Proust. Pero algo de Kundera o una rarísima edición de Jenofonte siempre era posible.

Las ediciones de bolsillo sirven de entrenamiento para los cleptómanos y los lectores voraces. Caben en cualquier parte. Quizá habrán causado alguna crisis editorial.

Durante muchos años me alimenté de las ediciones de Alianza Editorial: Emecé Editores producía un tomo que cabía perfectamente en cualquier resquicio del pantalón. Así leí por primera vez a Borges, Bioy Casares y a Miguel Ángel Asturias. Además la mayoría de las librerías con tomos fuera de circulación —conocidas como Librerías de Viejo— apilaban sus libros sin escrúpulos ni orden. Así que uno podía pasearse entre los estantes y reconocer algún ejemplar muy valioso entre una treintena de libros que irían a parar al basurero o al olvido. Sólo bastaba tomarlo, fingir que uno lo ojeaba y, en un punto ciego de los empleados, esconderlo entre las ropas.

Les parecerá muy ruin de mi parte. Salvo una goma para borrar con forma de automóvil, a los siete años de edad, nunca he robado otra cosa en mi vida. Y ni me gustan los carros.

Trato de ser un hombre congruente y honesto. Pero la ficción es adictiva. Y habrá que sumarle la bibliofilia. Me gustan los libros. Me enloquecen. Soy de esas personas que devuelven “el cambio de más”, que regresan los objetos a sus propietarios, que contactan al tipo que perdió una cartera, que piden al mesero que corrija la cuenta si olvidó algún cargo… pero los libros me corrompen.

Es que son tantos y uno tiene tan poco tiempo para leerlos. La vida es tan corta y —diría Neruda— es tan largo el olvido. Uno puede entrar en una librería y ver millones de ejemplares. Pero el tiempo que le tomó a cada autor es invaluable. Lo digo por experiencia:

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Un cuento sobre un cuento

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Este año se cumplen los cien años del nacimiento de Julio Cortázar. Sin duda habrá alguna que otra celebración exagerada y tumultuosa al respecto. Debo confesar que no soy un hijo de Cortázar. Su obra no me ha inspirado en la manera que lo hizo algún otro contemporáneo suyo. Mi paternidad literaria se acerca más a Borges, a Felisberto Hernández o a Horacio Quiroga. Pero la mujer con la que compartí media vida amaba a Julio Cotázar. Ella podía ver en su hacer literario un ingenio innovador en donde yo sólo veía el absurdo inaprensible. No vamos a adentrarnos en una semántica cansada de crítica obsoleta. Y quizá he estado en un error al no concederle a Cortázar sus justos méritos. No importa en este momento. Pero quisiera compartirles algo muy personal.

Hace un tiempo esa mujer, como dije, que fue compañera de media vida, viajó a España por razones académicas. Entonces quedé solo en el departamento que rentábamos en el sur de la ciudad durante treinta y un días que, entonces, me pareció un lustro o una Era de Piedra. Así, una noche de vino tinto y soledad, escribí lo siguiente basado en un cuento de Julio Cortázar, “Carta a una señorita en París”, que provocaba acaloradas discusiones respecto al genio de su autor. En fin. A veces el olvido comienza en la inscripción sobre una lápida.

Carta a una señorita en Madrid

Las ausencias producen notables males en los que se quedan y son adictos a la noche: que gustan de caminar a oscuras por la casa, de mirar el cielo ennegrecido tras un paisaje de edificios con ventanas cerradas, y a pensar mientras otros duermen. Ocurre que uno sale a las calles en esas horas en que todos buscan la almohada y, como es de esperarse, nace un nudo en la garganta. Es que uno se pone nostálgico y parte del cerebro se entorpece. Ahí va uno bajo la pobre iluminación pública, con dos corazones palpitantes en lugar de ojos, recordando al ausente. Con esa cara de idiota miro la cama tendida o los objetos que de pronto se vuelven fotografías de momentos gratos… Es tan cursi que uno podría vomitar tiernos conejos diminutos y después arrojarse desde un balcón.

 Por las noches doy vueltas en la casa, miro los libros o me asomo por la ventana y el silencio me incomoda… el pecho se me encoge y masajeo la zona por si acaso regresa la cordura. La copa de vino es un atajo a la nostalgia, a esa cara de imbécil enamorado que extraña y se inquieta. Cierro los ojos un momento y los conejos diminutos brotan.

 He pensado en salir a los bares y pedir un whisky para distraerme con rostros extraños, música ensordecedora, y voces aturdidas por el alcohol. Quizá después podría agarrar a golpes a un fulano a la menor provocación. También he considerado seriamente visitar los sitios donde los hombres rudos y los caballeros se encuentran o se esconden detrás de mujeres que serpentean alrededor de un delgado pilar de acero. Sería interesante aprender las mañas de los visitantes regulares, adiestrarme en el maltrato de la cartera y en la ingestión de licores baratos. Pero al final, tras el trabajo, sólo vuelvo a casa.

 Ahora el abrir de puertas es sólo encontrarse con el aire encerrado, con un estanque de pasos que revolotean su eco en paredes sin decorar. Jalo sillas y muevo libros, sólo para devolver todo a su lugar, para tener algo qué hacer ahora que no me acechan los abrazos sorpresivos o las pláticas a la hora de la cena. Pero no todo es tan estúpidamente cursi, o quizá sí, pues me acompaña un perro que muerde discretamente las patas de las sillas y mueve la cola cuando huele el hígado sobre la sartén. Pero termina echándose cerca de la puerta, como si esperara que la maquinaria del cerrojo deslizara la pestaña que anuncia una llegada. Así pasa varios minutos hasta que lo distrae una pelota que rueda sobre el tapete o un maldito niño que ha comenzado a gritar de alegría escaleras abajo. Para pasar el tiempo le hemos declarado la guerra a un perro vecino: por las mañanas o las noches, si se cruza en nuestro camino, lo acosamos y corremos tras él hasta que se pierde tras la puerta de su edificio. Al volver a casa azotamos la puerta para ver si se queja la anciana del primer piso, Sigue leyendo

Más allá de la cancha

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Se termina el partido y la ciudad reanuda esa vida suspendida por noventa minutos. Aún quedan televisores encendidos en muchas esquinas. El tráfico aumenta gradualmente. Afuera de los edificios de oficinas o en el interior de las tiendas departamentales y los restaurantes la gente lleva puesta la playera del mismo color. Es puro simbolismo.

Con los años he aprendido a convivir con la gente un poco más que antes. Por lo mismo ya no tengo esa aversión infundada contra los deportes. Ahora me reúno con los amigos, escojo un equipo y me siento a beber y a reír un rato. Y es que no tiene caso ver una justa deportiva sin un equipo al cuál cederle algo de simpatía. Mirar el futbol objetivamente, analizarlo sin favoritos, no dista mucho de arrojar una moneda al aire y no salir beneficiado con alguna de sus caras. Escribió José Woldenberg hace poco: “La única manera de gozar —y sufrir— el Mundial es tomando partido por un equipo”.

Porque de eso se trata: de competencia. La rivalidad histórica, el talento del jugador, la pasión desde las gradas, todo eso complementa las virtudes que se le adjudican a la mesura de los placeres de un encuentro cualquiera.

Los amantes del balompié tienen su propio código: pueden hacer conversaciones breves que cargan con un contexto claro para ellos: “¿Ya empezó?”, “¿Cómo van?”, “¿De quién fue?”. Ellos entienden.

Camino por la calle y cuatro ancianas interrumpen mi paso. La mayor lleva un bastón de imitación de madera. Escucho su conversación mientras busco esquivarlas. Sólo bastan unos segundos para darse cuenta que no es la plática ordinaria de un grupo de adultos mayores aburridos de la existencia. Hablan de futbol, pero no de manera somera. Una menciona el humillante marcador del partido que acaba de terminar. Otra afirma: “Es que le sobran aleros izquierdos”. Me sorprendo, pero interviene otra anciana: “La cosa es que no cuidan el centro, puros balones prolongados cuando se trata de descolgarse por la banda en corto si tienes a cuatro en la media”. O algo totalmente similar. Ya no puedo detenerme a escuchar la conversación, parecería sospechoso: daría la impresión de que las sigo, o peor, con este cabello que me llega a los hombros y mi chaqueta de cuero, parecería que pretendo asaltarlas.

He quedado atónito. Mencionan un par de detalles específicos mientras evitan tropezar contra la orilla de la banqueta. Las ancianas saben más del futbol que yo. Doy por sentado que me he topado con un caso infrecuente. Se van quedando a mis espaldas, con su paso de manada cansada y un debate que no pertenece a un mero aficionado. Ellas entienden.

Paso frente a la librería y el nuevo libro de Juan Villoro está en el estante: Dios es redondo. El tema está en todas partes. Compro algunos vegetales y regreso a casa. Sigo pensando en las ancianas y los pocos diálogos técnicos que puedo recordar. Me pregunto si, al igual que un ave repetidora, habrán memorizado los comentarios de los narradores del partido o si en verdad son conocedoras del balompié.

Esa es la virtud de las pasiones: que quiebran estereotipos, unen y diversifican por igual. Uno puede entender al detractor de las justas mundialistas: El que cree que aspira al refinamiento intelectual, político o económico, siempre considera que puede deslindarse de las fascinaciones de las masas. Nada más lejano de la verdad. Sigue leyendo

“Recomiéndame un libro”

winebook

Para el que no sabe de literatura, todos los libros son buenos. Ocurre lo mismo con el alcohol.

Ahí estoy, en un famoso comercio express, de esos que se identifican con un logotipo verde y rojo, plantados por docena en cada esquina de la ciudad. Le solicito a la empleada tras el mostrador una botella de aquel vino tinto barato acomodado a la vista en el estante de bebidas embriagantes. No lo quiero para paladear su cuerpo, aspirar la memoria de los taninos ni para calcular la verdadera edad de la uva: lo quiero para tener algo que beber mientras leo una novela pesada y voluminosa o para cocinar crustáceos o un filete seco. Es un mal vino, pero es potable: digno de una presentación de libro pero no de una cena con las amistades.

La chica del mostrador no sabe qué le estoy pidiendo. No conoce las marcas que su cadena empleadora ofrece. No voy a solicitar un Château Mouton Rothschild 1945 escondido en la cava de un restaurante halagado en la revista de moda si el comercio apenas tiene tres o cuatro opciones del fermentado de uva. Ella señala un ron o un vodka y yo comienzo a darle señas de la ubicación de la botella (“No, abajo. A la izquierda. Más a la izquierda. Sí, ese. Ese”). Pasa el código de barras por la máquina y menciona el monto total a pagar.

Me hubiera dicho que quería un “reservado”, dice la joven. Ya no le explico que “reservado” no es el nombre del vino, ni la uva, ni la casa embotelladora: “Sí —admito conciliadoramente—, ya lo sé para la próxima vez”. No habrá próxima vez. La siguiente ocasión me limitaré a pedir cerveza nacional en descuento.

Llego a casa, destapo el vino, busco la copa apropiada y me siento a leer mis correos. Y al paso sale la maldición de cualquier lector: “Recomiéndame un libro”, escribe una amistad cercana. Y de pronto me siento como la chica detrás del mostrador tratando de adivinar qué le solicitan. Así paso unos minutos con mi cara de pendejo buscando resolver la situación.

No hay manera de responder esa pregunta con efectividad. ¿Cómo voy a saber qué recomendarle a alguien en particular? Sigue leyendo

Padres de la Era del Internet

 

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Verán, estoy en ese punto de la vida que los amigos comienzan a casarse y a tener hijos. Ocurre casi sincrónicamente, y usualmente un caso está ligado al otro. Entonces el temperamento de mis amistades cambia: no se transforman gradualmente en adultos, sino que una misteriosa fuerza cósmica los madura con del golpe de un flash.

Y entonces viene esa parte incómoda de convivir en una red social: uno abre el Facebook y ahí amanece una veintena de fotos del hijo y siete u ocho comentarios hilados que hablan de esa mezcla de ADN que tanto ha llenado de ilusiones sus vidas. Uno consulta Twitter y ahí están comentarios como “Qué lindo, miren cómo chupa mi dedo”, “Hoy vomitó en la almohada”, “Ya se pone en pie”, ad ifinitum.

Ya han dejado de hablar sobre asuntos políticos o culturales, o de chismes y el clima, ya no comparten bromas ni experiencias inmediatas; tampoco buscan la convivencia con sus contactos; no, ahora se limitan a los niños. No hay nada de malo en ello. El problema es cuando bombardean las redes sociales con el asunto que (como cualquier otro tema que tienda a la monotonía) resulta aburrido y cansado.

Las fotos y los comentarios de los padres: “Qué guapo es mi hijo”, escriben. Y uno voltea a ver la foto nuevamente: uno la aleja, la acerca, busca otra —quizá ese no es su ángulo—, y otra —quizá es la iluminación—, y otra… no, y es que el niño es horrendo. Y las probabilidades están en su contra: si uno es feo en la etapa más tierna y dulce de la vida, lo más probable es que cuando madure uno se sienta más a gusto en su compañía a media luz, o a oscuras, o de lejos. Sigue leyendo